Gracia y paz a todos los hermanos en Cristo, y a todos los que nos escuchan en este momento, les animamos a unirse a nosotros. Qué bendición es poder estar con la mente y el corazón en la Palabra de Dios. No hay mejor manera de iniciar una jornada que rindiéndola a los pies de nuestro Señor, dándole gracias por su bondad y misericordia que son nuevas cada mañana. Reflexionemos juntos, con humildad y reverencia, mientras nos disponemos a meditar en su santa Escritura.
El texto que vamos a analizar hoy se encuentra en el profeta Isaías, capítulo 53, versículo 5. La lectura que haremos es de la nueva versión internacional. Escuchemos atentamente la voz de Dios. Dice así:
“Él fue traspasado por nuestras rebeliones,
y molido por nuestras iniquidades;
sobre él recayó el castigo, precio de nuestra paz,
y gracias a sus heridas fuimos sanados.”
Este es un versículo que muchos conocen, pero que lamentablemente ha sido malinterpretado en nuestra época. Se ha usado para prometer cosas que la Biblia no promete, para generar una falsa esperanza en la sanidad física total en esta vida. Pero si miramos el contexto, tanto el de Isaías como el del Nuevo Testamento, descubrimos una verdad mucho más profunda y gloriosa, una sanidad que es verdaderamente eterna.
Vamos a reflexionar por los principios bíblicos que se desprenden de este texto:
primero, la sanidad primordial de Cristo es espiritual; segundo, la sanidad física en esta vida no es una garantía de la expiación; y tercero, la sanidad completa de nuestro cuerpo es una promesa escatológica.
Repito:
1- la sanidad primordial de Cristo es espiritual.
2- la sanidad física en esta vida no es una garantía de la expiación.
3- la sanidad completa de nuestro cuerpo es una promesa escatológica.
Hermanos, la verdad es que el corazón de la sanidad que Cristo logró en la cruz no es física, sino espiritual. El texto de Isaías 53 del versículo 5 no se puede aislar del resto del capítulo. Isaías 53 habla del siervo sufriente que toma el lugar del pecador. Si continuamos leyendo el capítulo, el versículo 6 nos dice: “Todos andábamos descarriados como ovejas, cada uno se iba por su camino; pero el Señor hizo recaer sobre él la iniquidad de todos nosotros”. El énfasis está claramente en el pecado, la rebelión y la iniquidad. La “sanidad” que se menciona es, por lo tanto, la curación de la enfermedad mortal del pecado.
El apóstol Pedro, en su primera carta, en el capítulo 2, versículo 24, nos da una interpretación inspirada de esta profecía. Él dice que Cristo “llevó él mismo nuestros pecados en su cuerpo sobre el madero, para que nosotros, estando muertos a los pecados, vivamos a la justicia. Por cuya herida fuisteis sanados”. Pedro no dice que fuimos sanados de enfermedades físicas, sino que conecta directamente la sanidad con la muerte al pecado y la vida en justicia. La sanidad es la remisión de la culpa, es ser reconciliados con un Dios santo. Este es el verdadero milagro de Dios: un pecador muerto en sus delitos y pecados, es regenerado y se le imparte la vida de Cristo. Es un acto soberano de Dios, un milagro real del Espíritu Santo que transforma un corazón de piedra en uno de carne, como nos dice Ezequiel, en el capítulo 36, versículo 26. Este es el milagro que debe ocupar nuestra atención y nuestra gratitud. En lugar de buscar milagros superficiales, debemos asombrarnos ante la maravilla de la salvación.
En segundo lugar, la sanidad física en esta vida no es una garantía de la expiación de Cristo. Si bien es cierto que Dios tiene el poder de sanar y lo hace en respuesta a la oración de su pueblo, la enfermedad y el sufrimiento siguen siendo una realidad en un mundo caído. Creer que la expiación nos garantiza la salud total en esta vida es malinterpretar las Escrituras y abrir la puerta a un evangelio de la prosperidad que es ajeno a la sana doctrina. John MacArthur, en su libro “Fuego Extraño”, critica estas enseñanzas que distorsionan el evangelio. Las supuestas sanidades milagrosas que vemos hoy en día en muchos movimientos carismáticos no se asemejan a las sanidades bíblicas que eran inmediatas, públicas e innegables. Como nos dice el apóstol Pablo en Filipenses, capítulo 4, versículo 11, él aprendió a contentarse en cualquier situación, ya sea en abundancia o en escasez, en salud o en enfermedad. El creyente verdadero encuentra su gozo y contentamiento no en las circunstancias físicas, sino en su relación con Cristo. El sufrimiento físico puede ser una herramienta en las manos de Dios para nuestra santificación, para enseñarnos a depender más de Él y para forjar nuestro carácter, como nos enseña Romanos, capítulo 5, versículos 3 al 5. El sufrimiento nos acerca a Cristo, que fue un siervo sufriente. Y si Cristo sufrió, sus discípulos también lo harán.
Finalmente, la sanidad completa de nuestro cuerpo es una promesa escatológica, es decir, del futuro. La Palabra de Dios nos muestra que vivimos en lo que se conoce como la tensión del “ya, pero todavía no”. La sanidad espiritual ya ha comenzado en nosotros, pero la sanidad total, física y espiritual, se culminará en la glorificación. En el momento en que Cristo regrese, o en el momento de nuestra muerte, nuestros cuerpos serán redimidos por completo. Romanos, en el capítulo 8, versículo 23, nos dice que gemimos en nuestro interior, anhelando la redención de nuestro cuerpo. Esta es la esperanza del creyente. En 1 Corintios, capítulo 15, versículo 43, se nos dice que nuestro cuerpo es sembrado en deshonra, pero resucitará en gloria; es sembrado en debilidad, pero resucitará en poder. Esa es la promesa de Dios. La perfección sin pecado, la ausencia de enfermedad y dolor, no es para esta vida, sino para la vida venidera. Es en los nuevos cielos y la nueva tierra donde ya no habrá más llanto, ni luto, ni dolor, porque las primeras cosas pasaron, como nos dice Apocalipsis, capítulo 21, versículo 4. Mantengamos nuestra mirada en esa gloriosa esperanza, no en las promesas vacías de un evangelio distorsionado.
Padre Celestial, te damos infinitas gracias por la gloriosa verdad de tu Palabra. Te damos gracias por el sacrificio de tu Hijo, Jesucristo, quien fue traspasado por nuestras rebeliones y molido por nuestras iniquidades. Gracias, Padre, porque sobre Él recayó el castigo que nosotros merecíamos, y gracias a sus heridas fuimos sanados, no solo de una enfermedad temporal, sino de la enfermedad eterna del pecado. Te alabamos, Señor, por esa sanidad espiritual que es el verdadero milagro. Oramos, Padre, para que nos ayudes a entender esta verdad, a no buscar un evangelio de prosperidad que nos aleja de la cruz, sino a abrazar la cruz con todo lo que conlleva. Ayúdanos, Señor, a encontrar contentamiento en ti, a saber que el sufrimiento y la enfermedad en esta vida son pasajeros y que nuestra verdadera y completa sanidad vendrá en la glorificación. Te damos gracias, Espíritu Santo, porque eres tú quien nos regeneras, nos santificas y nos guías en toda verdad. Ayúdanos a vivir para la gloria del Padre, a través de Jesucristo nuestro Señor. A ti sea toda la gloria, la honra y el poder, por los siglos de los siglos. Amén.
