Queridos hermanos en Cristo, amados amigos, y todos aquellos que están a punto de dedicar este precioso tiempo a escuchar la inmutable Palabra de Dios y a elevar sus corazones en oración. Es un inmenso privilegio compartir con ustedes el comienzo de este nuevo día. Es verdaderamente el momento ideal para que el creyente reformado, aquel que ha entendido la soberanía de Dios en cada detalle de la vida, se detenga. Es el momento de no correr, sino de postrarse; de no planificar sin Dios, sino de humillarse bajo Su poderosa mano, dando gracias por el don de la vida, por el don de la fe, y por el bendito don de Su Palabra. Comencemos, pues, con la reflexión matutina que nos llevará a una oración de total dependencia.
Hoy analizaremos el Salmo 6, de los versículos 1 al 10, de la Nueva Biblia de las Américas. Así dice la Palabra de Dios, en esta oración de David pidiendo misericordia en la prueba:
Señor, no me reprendas en Tu ira, ni me castigues en Tu furor. Ten piedad de mí, Señor, porque estoy sin fuerza; Sáname, Señor, porque mis huesos se estremecen. Mi alma también está muy angustiada; Y Tú, oh Señor, ¿hasta cuándo? Vuélvete, Señor, rescata mi alma; Sálvame por Tu misericordia. Porque no hay en la muerte memoria de Ti; En el Seol, ¿quién te da gracias? Cansado estoy de mis gemidos; Todas las noches inundo de llanto mi lecho, Con mis lágrimas riego mi cama. Se consumen de sufrir mis ojos; Han envejecido a causa de todos mis adversarios. Apártense de mí, todos ustedes que hacen iniquidad, Porque el Señor ha oído la voz de mi llanto. El Señor ha escuchado mi súplica; El Señor recibe mi oración. Todos mis enemigos serán avergonzados y se turbarán en gran manera; Se volverán, y de repente serán avergonzados.
Vamos a reflexionar y orar por tres principios bíblicos que se desprenden de este clamor de David. Primero, oraremos por el principio de la Soberanía de Dios en la Disciplina del Creyente. Segundo, oraremos por el principio de la Dependencia Absoluta en la Misericordia de Dios. Y tercero, oraremos por el principio de la Seguridad y la Victoria Final del Justificado sobre la Iniquidad.
Ahora los invito a reflexionar y orar sobre el Salmo 6, de los versículos 1 al 10.
Primer principio: La Soberanía de Dios en la Disciplina del Creyente.
El salmista comienza su lamento con un ruego profundo y teológicamente cargado: Señor, no me reprendas en Tu ira, ni me castigues en Tu furor. Esto nos revela la convicción de David de que su sufrimiento no es fruto del azar o de la casualidad, sino que está, de alguna manera, bajo el control soberano del Juez de toda la tierra. Él teme la disciplina de un Dios Santo, reconociendo que cualquier corrección que venga de Su mano, por muy severa que parezca, es justa, pues Dios es santo, y nosotros somos pecadores. Un cristiano reformado, entiende que la mano de Dios está detrás de cada circunstancia, no solo para bendecir, sino también para santificar y purificar a Su pueblo. La prueba es, en esencia, una herramienta de gracia en las manos de un Padre amoroso.
La pregunta que resuena en el versículo 3, Y Tú, oh Señor, ¿hasta cuándo?, es el grito de un alma angustiada que se somete, pero que también busca el alivio en el tiempo de Dios, que es siempre perfecto. David no está cuestionando la justicia de Dios, sino clamando por el fin de Su corrección paternal, sabiendo que la disciplina tiene un propósito y un límite. Esto es un llamado a la humildad y a la sumisión. Cuando nos encontramos en medio de la prueba, en lugar de quejarnos contra Dios, debemos examinarnos y decir: “Señor, ¿qué pecado me estás mostrando? ¿Qué santidad quieres labrar en mí?”.
Reflexionemos un momento en las Escrituras que nos recuerdan esta gloriosa verdad de la disciplina. El escritor de Hebreos nos enseña en Hebreos 12, del versículo 5 al 6: Y habéis olvidado la exhortación que como a hijos se os dirige: Hijo mío, no menosprecies la disciplina del Señor, ni te desanimes al ser reprendido por Él; porque el Señor al que ama, disciplina, y azota a todo el que recibe por hijo. ¡Qué consuelo tan inmenso! La prueba es la marca de la filiación. Si no fuéramos Sus hijos, Él nos dejaría a merced de nuestro propio pecado y necedad. Pero Él, en Su amor soberano, nos corrige.
Más aún, Hebreos 12 del versículo 10 al 11 nos afirma que la disciplina de Dios es infinitamente superior a la de cualquier padre terrenal, pues nuestros padres terrenales nos disciplinaban por poco tiempo según les parecía, pero Él nos disciplina para nuestro bien, para que participemos de Su santidad. Al presente, ninguna disciplina parece ser causa de gozo, sino de tristeza. Sin embargo, a los que han sido ejercit1ados por medio de ella, después les produce fruto apacible de justicia. Oremos, hermanos, para que en medio de cualquier prueba que estemos enfrentando, reconozcamos la mano soberana y amorosa de nuestro Padre, y que el fruto de justicia se manifieste en nuestras vidas. No busquemos escapar de la prueba, sino que busquemos la santidad que la prueba produce. Señor, ayúdanos a ver el propósito, no solo el dolor. Queremos participar de Tu santidad.
Segundo principio: La Dependencia Absoluta en la Misericordia de Dios.
En los versículos 2 y 4, el salmista no apela a su propia inocencia, a su piedad o a su mérito. Él apela a la única fuente de esperanza para el pecador: la misericordia de Dios. David clama: Ten piedad de mí, Señor, porque estoy sin fuerza; Sáname, Señor, porque mis huesos se estremecen. Mi alma también está muy angustiada. Su oración está anclada en el reconocimiento de su propia debilidad y desesperación. Él está sin fuerza, sus huesos se estremecen, su alma está muy angustiada. Esto es la teología de la debilidad humana que solo encuentra fortaleza en la gracia de Dios, un pilar fundamental de la fe reformada. No podemos salvarnos, no podemos sanarnos, no podemos rescatarnos a nosotros mismos.
La súplica se vuelve más intensa en el versículo 4: Vuélvete, Señor, rescata mi alma; Sálvame por Tu misericordia. Nótese bien, la base del rescate es Tu misericordia, no mi clamor. Es la gracia inmerecida, el amor de pacto de Dios, lo que mueve Su mano a favor de Su pueblo. La misericordia de Dios es Su amor en acción hacia aquellos que están en miseria, hacia aquellos que merecen Su juicio pero reciben Su perdón y Su ayuda. Nuestro amado Juan Calvino nos enseñó que toda nuestra esperanza está fuera de nosotros mismos, Solus Christus, solo en Cristo, y Sola Gratia, solo por gracia.
Esta dependencia en la misericordia nos lleva también a la certeza de que Dios escucha la oración. El versículo 9 es un faro en la noche de la prueba: El Señor ha escuchado mi súplica; El Señor recibe mi oración. Esta no es una esperanza incierta; es una declaración de fe en medio del clamor. David pasa de la angustia a la seguridad en el acto de orar. El poder de la oración no reside en la elocuencia de nuestras palabras, sino en la fidelidad y la naturaleza del Dios a quien oramos. Él es un Dios que oye.
Acerquémonos, pues, a Su trono de gracia con confianza. La primera carta a Timoteo, en el capítulo 2, versiculo 5, nos recuerda que hay un solo mediador entre Dios y los hombres, Jesucristo hombre. Gracias a Él, tenemos acceso al Padre. Es a través de la obra propiciatoria de Cristo que la misericordia está disponible para nosotros. Oremos con la confianza de que nuestra oración es recibida no por nuestro valor, sino por el valor de Aquel que intercede por nosotros. El apóstol Pablo, en la carta a los Romanos 5, versiculo 8, nos da el fundamento de toda misericordia: Mas Dios demuestra su amor para con nosotros, en que siendo aún pecadores, Cristo murió por nosotros. Esa es la garantía de que Su misericordia no fallará. Clamemos por más de Su gracia para enfrentar la debilidad de este día, sabiendo que en nuestra debilidad, Su poder se perfecciona. Seamos dependientes del Señor en cada paso, en cada respiración, en cada decisión.
Tercer principio: La Seguridad y la Victoria Final del Justificado sobre la Iniquidad.
El salmo pasa de un tono de lamento y súplica a un tono de fe triunfante y seguridad en los versículos 8, 9 y 10. Después de haber vertido su alma delante de Dios, David puede decir con autoridad: Apártense de mí, todos ustedes que hacen iniquidad, Porque el Señor ha oído la voz de mi llanto. Esto es un giro dramático que revela la eficacia de la oración y la certeza de la justificación. El salmista sabe que su causa es la causa de Dios, y por lo tanto, aquellos que son sus adversarios y que hacen iniquidad se han convertido en enemigos de Dios.
David, el hombre conforme al corazón de Dios, sabe que su vindicación vendrá de Aquel que ha escuchado su llanto. Esta es la gran verdad de la perseverancia de los santos: aquellos a quienes Dios salva, Él los guarda, y Él finalmente los vindica. Los que hacen iniquidad no tienen lugar donde el justo clama y es oído. Esto no es jactancia personal, sino una confianza firme en el pacto de Dios.
El versículo 10 sella esta victoria profética y gloriosa: Todos mis enemigos serán avergonzados y se turbarán en gran manera; Se volverán, y de repente serán avergonzados. El creyente, aunque sufra hoy, tiene la promesa de que la iniquidad y sus promotores no prevalecerán. La justicia de Dios se manifestará plena y repentinamente. Nosotros, los que hemos sido justificados por la fe en Cristo, tenemos una seguridad que va más allá de esta vida terrenal. Somos más que vencedores, y nuestra victoria es segura, no por nuestra fuerza, sino por la obra consumada de nuestro Señor.
En la carta a los Romanos, capítulo 8, del versículo 37 al 39, el apóstol Pablo nos ofrece el himno más grande a esta seguridad: Pero en todas estas cosas somos más que vencedores por medio de aquel que nos amó. Porque estoy convencido de que ni la muerte, ni la vida, ni ángeles, ni principados, ni lo presente, ni lo por venir, ni lo2s poderes, ni lo alto, ni lo profundo, ni ninguna otra cosa creada nos podrá separar del amor de Dios que es en Cristo Jesú3s, Señor nuestro. Este es el fundamento de la confianza de David. La iniquidad será avergonzada porque el amor de Dios en Cristo es inquebrantable.
Oremos, pues, con la misma convicción de David. Que podamos enfrentar este día con la seguridad de que, si Dios es por nosotros, ¿quién podrá estar contra nosotros? Que tengamos el coraje de rechazar la iniquidad y de afirmar la verdad, no desde una posición de arrogancia, sino desde la firmeza que nos da haber sido justificados por la fe en Cristo. La victoria es del Señor, y Él nos la imputa a nosotros. Por eso podemos decirle a los que promueven el mal en el mundo y en nuestro propio corazón: Apártense, el Señor ha oído. Oremos por la perseverancia en la fe, la santidad en la conducta, y la paciencia en la espera de esa manifestación repentina de la justicia de Dios.
Terminemos, amados hermanos y amigos, con una doxología, elevando nuestros corazones en una acción de gracias ferviente.
Oh, Dios Trino y Uno, Padre, Hijo y Espíritu Santo, nuestra alma se postra ante Tu Majestad y Soberanía. Te damos gracias, Padre Celestial, porque en Tu infinita sabiduría y amor de pacto, has dispuesto que cada detalle de nuestra vida, incluyendo la prueba y la disciplina, obre para nuestro bien y para Tu gloria. Gracias porque nos tratas como a hijos, no dejándonos en el camino ancho de nuestra propia necedad, sino dirigiéndonos con mano firme hacia la santidad de Cristo. ¡Grande es Tu fidelidad!
Te damos gracias, Señor Jesucristo, por ser Tú nuestro único Mediador y Sumo Sacerdote. Gracias porque el acceso a la misericordia del Padre fue comprado a un precio infinito, el precio de Tu propia sangre derramada en la cruz. Es en Tu Nombre que clamamos por piedad, y es por Tu perfecta justicia que nuestras oraciones son escuchadas y recibidas. Tú eres nuestra vida, nuestra sanidad, y nuestra victoria. A Ti sea la gloria por la justificación que nos has dado.
Y te damos gracias, Espíritu Santo Consolador, porque Tú eres Quien nos capacita para clamar en la angustia, Quien nos sella para el día de la redención, y Quien nos da la certeza de que el Señor ha oído la voz de nuestro llanto. Gracias por ser el poder que nos permite apartar la iniquidad y confiar en la victoria final. Sin Tu obra santificadora, seríamos incapaces de ver la mano de Dios en el sufrimiento.
A Ti, Dios Santo y Soberano, sea toda la gloria, la honra, y el poder, por los siglos de los siglos. Amén. Que este día sea vivido en total reverencia, humildad, gratitud y dependencia de Aquel que ha oído nuestra oración. En el nombre de nuestro Salvador, Amén.
