Salmo 5: La ORACIÓN que Derrota a tus ENEMIGOS y Desata la PROTECCIÓN Divina 🙏🛡️🔥

Amados hermanos en Cristo, y a todos los que hoy se unen a este momento de devoción, un saludo en el precioso nombre de nuestro Señor y Salvador Jesucristo. Es un gozo inmensurable y una bendición del cielo poder reunirnos en este instante para comenzar el día, o para tomar un respiro en él, con la más alta y digna de todas las actividades: la oración y la reflexión en la inerrante y suficiente Palabra de Dios. No hay mejor manera de orientar nuestra alma, de alinear nuestro corazón y de dirigir nuestro camino que poniéndonos bajo la autoridad de las Escrituras y en humilde dependencia de nuestro Dios. La oración es el aliento del alma y la lectura de la Palabra es el alimento de nuestro espíritu.

Hoy vamos a reflexionar y a orar sobre el Salmo 5, del versículo 1 al 12, de la Nueva Biblia de las Américas. Así dice la Palabra de Dios.

Salmo 5

Oración pidiendo protección de los malos

Para el director del coro; para acompañamiento de flauta. Salmo de David.

Escucha mis palabras, oh Señor; Considera mi lamento. Atiende a la voz de mi clamor, Rey mío y Dios mío, Porque es a Ti a quien oro. Oh Señor, de mañana oirás mi voz; De mañana presentaré mi oración a Ti, Y con ansias esperaré. Porque Tú no eres un Dios que se complace en la maldad; El mal no mora en Ti. Los que se ensalzan no estarán delante de Tus ojos; Aborreces a todos los que hacen iniquidad. Destruyes a los que hablan falsedad; El Señor aborrece al hombre sanguinario y engañador. Pero yo, por la abundancia de Tu misericordia entraré en Tu casa; Me postraré en Tu santo templo con reverencia. Señor, guíame en Tu justicia por causa de mis enemigos; Allana delante de mí Tu camino. Porque no hay sinceridad en lo que dicen; Destrucción son sus entrañas, Sepulcro abierto es su garganta; Con su lengua hablan lisonjas. Tenlos por culpables, oh Dios; ¡Que caigan por sus mismas intrigas! Échalos fuera por la multitud de sus transgresiones, Porque se rebelan contra Ti. Pero alégrense todos los que en Ti se refugian; Para siempre canten con júbilo, Porque Tú los proteges; Regocíjense en Ti los que aman Tu nombre. Porque Tú, oh Señor, bendices al justo, Como con un escudo lo rodeas de Tu favor.

Vamos a reflexionar y a orar hoy sobre tres principios bíblicos que este salmo nos enseña de forma tan clara y profunda. Primero, sobre la dependencia y la diligencia en la oración del creyente. Segundo, sobre el carácter santo y justo de nuestro Dios, que aborrece la iniquidad y la maldad. Y tercero, sobre la seguridad, la protección y el gozo que solo se encuentran en aquel que es un refugio para los justos.

Ahora los invito a reflexionar y a orar sobre el Salmo 5.

El primer principio que queremos meditar y orar es sobre la profunda dependencia y la diligente dedicación que el creyente debe tener en la oración. El Salmo 5 comienza con una súplica que revela un alma angustiada y confiada a la vez. El salmista David se dirige a Dios como su Rey y su Dios, reconociendo Su soberanía y Su cercanía. Escucha mis palabras, oh Señor; Considera mi lamento. Atiende a la voz de mi clamor, Rey mío y Dios mío, Porque es a Ti a quien oro. Esta no es una oración vacía, sino el lamento de un corazón que sabe a quién acudir. David no se dirige a ídolos mudos ni a hombres poderosos, sino al único y verdadero Dios. Y la diligencia de David es notable, pues dice en el versículo 3: Oh Señor, de mañana oirás mi voz; De mañana presentaré mi oración a Ti, Y con ansias esperaré.

Esta es una lección fundamental para nosotros, hijos de Dios. La oración no es un último recurso, sino el primero y más importante. No es una actividad opcional, sino una necesidad vital. David nos enseña que la comunión con Dios debe ser nuestra prioridad al inicio de cada día. Antes de enfrentar las preocupaciones, las tentaciones o los afanes, debemos presentar nuestra oración a nuestro Dios, y hacerlo con un corazón que espera con ansias, con una fe que anticipa la respuesta de nuestro Padre celestial. La oración no es solo hablar, es también esperar.

Esto nos recuerda lo que el apóstol Pablo nos exhorta en la primera carta a los Tesalonicenses, capítulo 5, versículo 17, donde dice: Oren sin cesar. La vida cristiana es una vida de oración continua, una conversación ininterrumpida con nuestro Dios. Y Jesús mismo nos dio el ejemplo perfecto, levantándose temprano para ir a orar, como nos relata Marcos en el capítulo 1, versículo 35, que dice así: Levantándose muy de mañana, cuando todavía estaba oscuro, salió y fue a un lugar solitario, y allí oraba. Qué privilegio tan grande tenemos, que el mismo Hijo de Dios nos muestra el camino. Oramos porque somos dependientes, porque sabemos que sin Él nada podemos hacer. Oramos porque confiamos en Su poder y en Su amor. Oramos porque es el medio que Él nos ha dado para acercarnos a Su trono de gracia con confianza, como dice la carta a los Hebreos, capítulo 4, versículo 16, que dice así: Por tanto, acerquémonos con confianza al trono de la gracia para que recibamos misericordia, y hallemos gracia para la ayuda oportuna. Meditemos en esta verdad y oremos, pidiéndole a nuestro Dios que nos conceda corazones más diligentes y dependientes en la oración.

Amado Padre celestial, te damos gracias por el inmenso privilegio de la oración. Reconocemos que eres nuestro Rey y nuestro Dios, el único a quien podemos y debemos clamar. Te confesamos, Señor, nuestra debilidad y nuestra tendencia a depender de nuestras propias fuerzas, de nuestra sabiduría y de los recursos de este mundo. Perdona, Padre, nuestra falta de diligencia y de fe. Te pedimos que, así como David, podamos hacer de la oración nuestra primera actividad cada mañana. Que no nos levantemos para el trabajo, para la rutina o para los afanes antes de haber presentado nuestra oración a Ti. Danos, oh Dios, un corazón que anhela Tu presencia y que espera con ansias Tu respuesta. Que nuestra vida, Padre, sea una oración continua, una comunión ininterrumpida contigo. Guíanos, oh Espíritu Santo, a orar conforme a la voluntad de Dios, a clamar por lo que es correcto y a esperar en Tu perfecta providencia. Te pedimos todo esto en el nombre de Jesús, nuestro gran Sumo Sacerdote que intercede por nosotros. Amén.

El segundo principio que este salmo nos revela es el glorioso carácter santo y justo de nuestro Dios. David, en medio de su clamor por protección, fundamenta su oración no en su propia justicia, sino en la naturaleza de Aquel a quien ora. En los versículos 4 y 5, él declara: Porque Tú no eres un Dios que se complace en la maldad; El mal no mora en Ti. Los que se ensalzan no estarán delante de Tus ojos; Aborreces a todos los que hacen iniquidad. Qué verdad tan poderosa. La santidad de Dios es la base de todo. Su aborrecimiento por el pecado no es una reacción emocional, sino una expresión de Su carácter perfecto. Dios es luz, y en Él no hay tiniebla alguna, como nos enseña la primera carta de Juan, capítulo 1, versículo 5, que dice así: Y este es el mensaje que hemos oído de Él y que les anunciamos: Dios es luz, y en Él no hay ninguna tiniebla.

David continúa en el versículo 6, afirmando que el Señor aborrece a los que practican la maldad, a los que hablan falsedad, a los sanguinarios y engañadores. Esto se opone directamente a la idea moderna de que Dios es un ser de amor incondicional que no juzga ni aborrece el pecado. La verdad bíblica, la teología reformada, nos enseña que la ira de Dios es tan real y santa como Su amor. El Dios del Antiguo Testamento es el mismo Dios del Nuevo Testamento. Él es el Juez de toda la tierra, y es justo en Su juicio. Como dice la carta a los Romanos, capítulo 1, del versículo 18 al 19, que dice así: Porque la ira de Dios se revela desde el cielo contra toda impiedad e injusticia de los hombres que detienen la verdad por su injusticia; porque lo que se conoce acerca de Dios es evidente dentro de ellos, pues Dios se lo hizo evidente.

El salmista pide a Dios que actúe conforme a Su carácter justo, que no permita que los malvados prosperen. Tenlos por culpables, oh Dios; ¡Que caigan por sus mismas intrigas! Échalos fuera por la multitud de sus transgresiones, Porque se rebelan contra Ti. Esta no es una oración de venganza personal, sino un clamor por la vindicación de la justicia divina. Los malvados se rebelan contra Dios, no solo contra los hombres, y es la gloria de Dios la que está en juego. Debemos orar para que la justicia de Dios sea manifestada, para que los impíos se arrepientan y conozcan a Cristo, o para que Su juicio sea evidente, y así Su nombre sea glorificado. Meditemos en la santidad de nuestro Dios y oremos, pidiéndole que nos limpie de toda iniquidad y que Su justicia sea manifestada en el mundo.

Padre celestial, nos postramos ante Ti con profunda reverencia, reconociendo Tu perfecta santidad. Eres el Dios que no se complace en la maldad y que aborrece a todos los que hacen iniquidad. Te damos gracias porque no eres como los hombres, llenos de corrupción y pecado. Te confesamos, Señor, que en nosotros no mora el bien. Que por naturaleza, nuestras entrañas son destrucción y nuestra garganta es sepulcro abierto. Te pedimos que, por la obra de Tu Espíritu, podamos aborrecer el pecado como Tú lo aborreces. Límpianos de toda iniquidad, oh Dios, y crea en nosotros un corazón puro. Señor, clamamos por la vindicación de Tu justicia en este mundo. Te pedimos que los impíos, que se rebelan contra Ti, sean llevados al arrepentimiento y a la fe en Tu Hijo, o que Tu juicio sea manifestado para que toda la tierra sepa que Tú eres el único Dios. Te pedimos todo esto en el nombre de Jesús, quien se hizo pecado por nosotros para que fuéramos hechos justicia de Dios. Amén.

Finalmente, el tercer principio que extraemos de este salmo es la seguridad, la protección y el gozo que solo los justos tienen en el Señor. En el versículo 7, David hace una declaración que es el corazón del evangelio: Pero yo, por la abundancia de Tu misericordia entraré en Tu casa. David no dice que entrará por su bondad, por sus obras o por su piedad, sino por la abundancia de la misericordia de Dios. Esta es una verdad central de la teología reformada: la salvación es por gracia, solo por gracia. La justificación es un acto de la misericordia de Dios, no el resultado del mérito humano. Entramos en la casa de Dios, Su presencia, porque Él es misericordioso. Como dice el apóstol Pablo en la carta a los Efesios, capítulo 2, versículos 8 y 9, que dice así: Porque por gracia ustedes han sido salvados por medio de la fe, y esto no es de ustedes, sino que es don de Dios; no por obras, para que nadie se gloríe.

Y esta misericordia de Dios nos lleva a la reverencia. Me postraré en Tu santo templo con reverencia. Un corazón que ha experimentado la misericordia de Dios no puede hacer otra cosa que postrarse en humilde adoración. La seguridad de la salvación se traduce en una vida de reverencia y santidad. Y la seguridad no solo se trata de la justificación, sino también de la protección de Dios. David pide: Señor, guíame en Tu justicia por causa de mis enemigos; Allana delante de mí Tu camino. El justo no camina solo. Dios es su guía, y no solo lo guía, sino que le allana el camino para que no caiga en las trampas de los impíos. Como dice el libro de Proverbios, capítulo 3, versículos 5 y 6, que dice así: Confía en el Señor con todo tu corazón, y no te apoyes en tu propio entendimiento. Reconócelo en todos tus caminos, y Él enderezará tus sendas.

Y esta protección y seguridad culminan en un gozo inmensurable. El Salmo 5 cierra con esta promesa gloriosa en los versículos 11 y 12: Pero alégrense todos los que en Ti se refugian; Para siempre canten con júbilo, Porque Tú los proteges; Regocíjense en Ti los que aman Tu nombre. Porque Tú, oh Señor, bendices al justo, Como con un escudo lo rodeas de Tu favor. La bendición de Dios es una protección completa, como un escudo que nos rodea. La paz, el júbilo y el gozo del creyente no dependen de las circunstancias, sino de la seguridad de que Dios es nuestro refugio y nuestro protector. Cuando el mundo nos ataca, cuando el enemigo busca nuestra ruina, nuestro refugio es el Señor, y nuestro gozo está en Su nombre. Como dice el libro de los Salmos, en el capítulo 46, versículo 1, que dice así: Dios es nuestro refugio y fortaleza, nuestro pronto auxilio en las tribulaciones.

Meditemos, amados hermanos, en la seguridad de nuestra salvación, que es por la misericordia de Dios, en la protección que Él nos da en medio de las pruebas, y en el gozo que nos da al saber que Él es nuestro refugio. Y oremos con gratitud por este inmenso favor.

Amado Padre celestial, te damos gracias con todo nuestro corazón por Tu abundante misericordia. Te damos gracias porque no hemos entrado a Tu casa por nuestras obras, sino por el regalo inmerecido de la gracia a través de la fe en Tu Hijo, Jesucristo. Te confesamos que somos pecadores, que no merecemos ni el más pequeño de Tus favores, y aun así nos has envuelto en Tu misericordia. Guíanos, oh Dios, en Tu justicia cada día. Allana nuestro camino, protégenos de los peligros, de las asechanzas del enemigo y de las tentaciones de este mundo. Que nuestro gozo no esté en las posesiones terrenales, ni en la aprobación de los hombres, sino en Ti, nuestro refugio y nuestra fortaleza. Que podamos, oh Señor, cantar con júbilo y regocijarnos en Ti para siempre.

Padre nuestro, te damos gracias. Gracias por habernos elegido en Cristo antes de la fundación del mundo. Gracias por haber enviado a Tu Hijo, el Señor Jesús, para vivir una vida perfecta, morir en la cruz por nuestros pecados, y resucitar al tercer día, habiendo vencido la muerte. Gracias, oh glorioso Espíritu Santo, por habernos regenerado, por haber abierto nuestros ojos a la verdad del evangelio, y por morar en nosotros, santificándonos día a día. Toda la gloria y la alabanza sean dadas a Ti, oh Padre, a Ti, oh Hijo, y a Ti, oh Espíritu Santo, por los siglos de los siglos. Amén.

Williams Fernández

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