Bienvenidos hermanos y amigos que nos acompañan en este momento de quietud y reflexión. Es una verdadera bendición comenzar el día en la presencia de nuestro Dios, meditando en Su santa y preciosa Palabra y elevando nuestras oraciones. Es en este espacio que encontramos la fortaleza y la paz que sobrepasan todo entendimiento, una manera perfecta de alinear nuestros corazones con la voluntad de nuestro Creador antes de enfrentar los desafíos que nos depara el día.
Hoy, vamos a reflexionar y orar sobre el Salmo 3 del versículo 1 al 8 de la Nueva Biblia de las Américas. Este salmo, una oración matutina de confianza, fue escrito por David en uno de los momentos más angustiosos de su vida, cuando huía de su propio hijo Absalón, quien había usurpado su trono y buscaba su vida. En medio de esta traición y peligro, David no se desesperó, sino que acudió a su refugio inmutable: Dios. Así dice la Palabra de Dios:
Salmo de David, cuando huía de su hijo Absalón. ¡Oh Señor, cómo se han multiplicado mis adversarios! Muchos se levantan contra mí. Muchos dicen de mí: «Para él no hay salvación en Dios». Pero Tú, oh Señor, eres escudo en derredor mío, Mi gloria, y el que levanta mi cabeza. Con mi voz clamé al Señor, Y Él me respondió desde Su santo monte. Yo me acosté y me dormí; Desperté, pues el Señor me sostiene. No temeré a los diez millares de enemigos Que se han puesto en derredor contra mí. ¡Levántate, Señor! ¡Sálvame, Dios mío! Porque Tú hieres a todos mis enemigos en la mejilla; Rompes los dientes de los impíos. La salvación es del Señor. ¡Sea sobre Tu pueblo Tu bendición!
Vamos a reflexionar y orar por tres principios bíblicos fundamentales que extraemos de este poderoso texto: el principio de la soberanía de Dios en medio de la adversidad, la realidad del descanso en Su providencia, y la verdad de que la salvación es exclusivamente del Señor.
Ahora los invito a reflexionar y orar sobre el Salmo 3.
El primer principio que queremos meditar es la soberanía de Dios en medio de la adversidad. David se encontraba en una situación desesperada. Sus enemigos no eran solo extranjeros, sino su propio hijo y un ejército de traidores. Como dice el versículo 1, sus adversarios se habían multiplicado y se levantaban contra él. Y lo que es peor, el versículo 2 nos muestra que se mofaban de su fe, diciendo: «Para él no hay salvación en Dios». Pero en medio de este caos y burla, David no vacila. Su confianza no está en sus propias fuerzas ni en la lealtad de sus seguidores, sino en la soberanía absoluta de Dios. Él clama a Dios, sabiendo que Él es su escudo, su gloria y el que levanta su cabeza. Qué gran verdad, que no importa cuán desesperada parezca nuestra situación, Dios es soberano sobre cada circunstancia. El Señor no es un mero espectador de nuestros problemas, sino que es el autor de nuestra historia, el que tiene el control total sobre el resultado. Esto es lo que nos da la capacidad de confiar y clamar a Él.
Hermanos, la vida del creyente no está exenta de pruebas, sufrimiento y oposición. El apóstol Pablo nos lo recuerda en la segunda carta a Timoteo, capítulo 3, versículo 12, donde dice: “Y en verdad, todos los que quieren vivir piadosamente en Cristo Jesús, serán perseguidos.” Pero a pesar de esta realidad, nuestra esperanza reside en la soberanía de nuestro Dios. Como dice Romanos capítulo 8, versículo 28: “Y sabemos que para los que aman a Dios, todas las cosas cooperan para bien, esto es, para los que son llamados conforme a su propósito.” Dios usa la adversidad no para destruirnos, sino para moldearnos, para purificar nuestra fe y para glorificar Su nombre. En la traición de Absalón, David vio la mano de Dios actuando. Él sabía que su situación no era un accidente, sino parte del plan divino. De la misma manera, nosotros debemos aprender a ver nuestras propias luchas a la luz de la soberanía de Dios. ¿Qué adversidad enfrentas hoy? ¿Qué enemigo, sea visible o espiritual, se levanta contra ti? Mira más allá de las circunstancias y eleva tus ojos a la majestad de Dios. Él es tu escudo, Él es tu gloria, y Él levantará tu cabeza. Vamos a orar, dándole gracias a Dios por Su soberanía y pidiéndole que nos dé la fe para confiar en Él, incluso cuando todo a nuestro alrededor parece desmoronarse. Oremos para que Él nos ayude a ver Su mano en cada prueba, y para que nuestros corazones descansen en la certeza de que nada está fuera de Su control.
El segundo principio que se desprende de este Salmo es la realidad del descanso en la providencia de Dios. En los versículos 5 y 6, David hace una afirmación asombrosa. En medio de un golpe de estado y con un ejército persiguiéndolo, él dice: “Yo me acosté y me dormí; Desperté, pues el Señor me sostiene. No temeré a los diez millares de enemigos Que se han puesto en derredor contra mí.” ¿Cómo es posible que alguien en tal peligro pueda acostarse y dormir con tranquilidad? La respuesta es la providencia de Dios. David sabía que su vida no dependía de su habilidad para defenderse o escapar, sino de la protección divina. El Salmo 127 versículo 2 nos enseña: “Es en vano que ustedes se levanten de madrugada, Que se acuesten tarde, Que coman el pan de afanoso trabajo, Pues Él da a Su amado aun mientras duerme.” David experimentó esta verdad de manera profunda. Su sueño no era el resultado de una mente despreocupada, sino de un corazón que descansaba plenamente en el cuidado de su Padre celestial. Este descanso en la providencia de Dios es una marca distintiva del creyente. Es la antítesis de la ansiedad y la preocupación que caracterizan al mundo. No es una resignación pasiva, sino una confianza activa y vibrante en que Dios está trabajando en nuestro favor.
Cuando nos enfrentamos a situaciones que están más allá de nuestro control, como las finanzas, la salud, o las relaciones familiares, la tentación es afanarse, preocuparse y tratar de resolverlo todo con nuestras propias fuerzas. Pero el Señor nos llama a un descanso más profundo, a una fe que nos permita dormir en paz, sabiendo que Él está despierto y obrando. Filipenses capítulo 4 versículos 6 y 7 nos dan la clave para este descanso: “Por nada estén afanosos; antes bien, en todo, mediante oración y súplica con acción de gracias, sean dadas a conocer sus peticiones delante de Dios. Y la paz de Dios, que sobrepasa todo entendimiento, guardará sus corazones y sus mentes en Cristo Jesús1.” David no solo oró, sino que también descansó. Su fe en la providencia de Dios le permitió no temer, incluso ante diez mil enemigos. Esa es la paz que anhelamos, la paz que solo puede provenir de saber que el Señor nos sostiene. Vamos a orar, pidiéndole a Dios que nos libere de la ansiedad y la preocupación, y que nos dé la fe para descansar en Su providencia. Oremos para que Él nos conceda un sueño tranquilo, una mente en paz y un corazón que confíe plenamente en que Él es nuestro sustentador.
El tercer y último principio que extraemos del Salmo 3 es la verdad gloriosa de que la salvación es exclusivamente del Señor. En el versículo 8, David concluye su salmo con una declaración rotunda y teológicamente profunda: “La salvación es del Señor.” A pesar de su valentía y su confianza, David no se atribuye la victoria. Reconoce que cualquier liberación, ya sea de un ejército enemigo o del pecado mismo, es un acto de gracia divina. Su clamor en el versículo 7, “¡Sálvame, Dios mío!”, no es un ruego desesperado sin esperanza, sino un ruego confiado a Aquel que tiene el poder de salvar. El salmista comprende que la salvación no es algo que podamos ganar, merecer o lograr por nosotros mismos. Es un don soberano de Dios. Este principio es la piedra angular de la fe reformada y el corazón del evangelio. No hay nada que nosotros podamos hacer para contribuir a nuestra salvación. No es por obras de justicia que nosotros hayamos hecho, sino por la misericordia de Dios que somos salvos.
Esta verdad se ve confirmada en toda la Escritura. Efesios capítulo 2, versículos 8 y 9, lo declara de manera inequívoca: “Porque por gracia ustedes han sido salvados por medio de la fe, y esto no procede de ustedes, sino que es don de Dios; no por obras, para que nadie se gloríe.” La salvación es del Señor, desde el inicio hasta el fin. Él es el autor y consumador de nuestra fe. Y esta salvación no es solo para el creyente individual, sino que se extiende a Su pueblo. David termina su oración con una bendición para el pueblo de Dios, reconociendo que la salvación que él experimenta también es la esperanza de todos los que confían en el Señor. Vamos a orar, dándole gracias a Dios por la obra redentora de Su Hijo Jesucristo. Oremos para que esta verdad penetre profundamente en nuestros corazones, librándonos del orgullo y la autosuficiencia, y llenándonos de una gratitud abrumadora. Que el clamor de nuestro corazón sea siempre: “¡La salvación es del Señor!”. Oremos para que esta bendición de salvación se extienda a todos los que nos rodean, y para que seamos fieles en compartir este glorioso evangelio con un mundo que desesperadamente necesita a su Salvador.
Padre Celestial, te damos gracias por el privilegio de acercarnos a Ti en oración. Gracias por la verdad de Tu Palabra que nos confronta y nos consuela. Te alabamos, oh Padre, por Tu soberanía absoluta sobre nuestras vidas y sobre todas las cosas. Gracias por ser nuestro escudo, nuestra gloria y el que levanta nuestras cabezas. Te agradecemos por la providencia con la que nos sostienes, permitiéndonos descansar en Ti incluso en medio de la tormenta. Gracias por el don de la salvación, un regalo inmerecido que nos diste a través de Tu amado Hijo, nuestro Señor y Salvador Jesucristo, quien en Su crucifixión y resurrección nos redimió del pecado y de la muerte. Y te damos gracias, Espíritu Santo, por ser nuestro consolador, nuestro guía y el que nos capacita para vivir vidas que glorifiquen a Dios. A Ti, único Dios, Padre, Hijo y Espíritu Santo, sea toda la gloria y la honra por siempre. Amén.
