Salmo 2: La Oración de los Valientes 🙏 ¿Qué HACE DIOS cuando los GOBIERNOS se REBELAN contra ÉL? 🔥

Amados hermanos en Cristo, y a todos los que hoy se unen a este tiempo de oración y reflexión, que la gracia y la paz de nuestro Señor Jesucristo estén con ustedes. Es un privilegio inmenso y una bendición incalculable comenzar nuestro día de rodillas, con el corazón humillado y la mente atenta a la voz de Dios. En medio de un mundo ruidoso y lleno de afanes, no hay nada más reconfortante y necesario que pausar, dar gracias a nuestro Padre celestial y meditar en Su Santa Palabra. Es en la quietud de la mañana que podemos afianzar nuestros corazones en las verdades eternas de las Escrituras, que son lámpara a nuestros pies y lumbrera a nuestro camino.

Hoy, la reflexión y la oración se centran en el Salmo 2, desde el versículo 1 hasta el 12, de la Nueva Biblia de las Américas. Así dice la Palabra de Dios: ¿Por qué se sublevan las naciones y los pueblos traman cosas vanas? Se levantan los reyes de la tierra, y los gobernantes traman unidos contra el Señor y contra Su Ungido, diciendo: «¡Rompamos Sus cadenas y echemos de nosotros Sus cuerdas!». El que se sienta como Rey en los cielos se ríe, el Señor se burla de ellos. Luego les hablará en Su ira, y en Su furor los aterrará, diciendo: «Pero Yo mismo he consagrado a Mi Rey sobre Sion, Mi santo monte». «Ciertamente anunciaré el decreto del Señor que me dijo: “Mi Hijo eres Tú, Yo te he engendrado hoy. Pídeme, y te daré las naciones como herencia Tuya, y como posesión Tuya los confines de la tierra. Tú los quebrantarás con vara de hierro; los desmenuzarás como vaso de alfarero”». Ahora pues, oh reyes, muestren discernimiento; reciban amonestación, oh jueces de la tierra. Adoren al Señor con reverencia, y alégrense con temblor. Honren al Hijo para que no se enoje y perezcan en el camino, pues puede inflamarse de repente Su ira. ¡Cuán bienaventurados son todos los que en Él se refugian!

Vamos a reflexionar y orar en esta mañana por tres principios bíblicos fundamentales que emanan de este poderoso salmo: primero, la soberanía inquebrantable de Dios sobre la rebelión de las naciones; segundo, la deidad y realeza de Cristo, el Ungido del Señor; y tercero, el llamado a la reverencia y a refugiarse únicamente en el Hijo.

Ahora los invito a reflexionar y orar sobre este salmo. Comencemos con el primer principio: la soberanía de Dios sobre la rebelión humana. El salmo comienza con una pregunta retórica: ¿Por qué se sublevan las naciones y los pueblos traman cosas vanas? Esta es una pregunta que resuena a lo largo de toda la historia humana, una pregunta que podríamos hacernos hoy en día al ver el tumulto, la injusticia y la abierta hostilidad de los líderes y las sociedades contra Dios y Su Palabra. Vemos a los reyes y gobernantes de la tierra conspirando, uniendo sus fuerzas para librarse de lo que ellos perciben como la opresión de Dios, diciendo: ¡Rompamos Sus cadenas y echemos de nosotros Sus cuerdas! Quieren vivir sin restricciones, sin ley moral, sin la autoridad de Dios. El salmista no solo lo pregunta, sino que lo declara: es algo que las naciones hacen, es su naturaleza caída rebelarse contra el Creador.

Esta actitud rebelde se ha manifestado desde los días de Génesis, en la torre de Babel, cuando la humanidad se unió para hacer un nombre para sí misma, en un intento inútil de llegar al cielo y destronar a Dios, hasta el día de hoy, con movimientos y legislaciones que abiertamente niegan la autoridad de las Escrituras y la soberanía de Dios. Sin embargo, en medio de esta escena de arrogancia y desesperación humana, el salmista nos da una verdad gloriosa: El que se sienta como Rey en los cielos se ríe, el Señor se burla de ellos. ¡Qué imagen tan poderosa! Mientras los hombres en su soberbia hacen sus planes, Dios en Su trono celestial no se altera, no se preocupa, no se pone nervioso. Él simplemente se ríe, porque sabe que sus intentos son vanos, inútiles, como tramar algo en el aire. Esta risa de Dios no es una risa de alegría, sino de burla y desprecio por la debilidad y necedad del hombre.

Esto nos recuerda lo que el profeta Isaías señaló en el capítulo cuarenta, versículo diecisiete, que dice: Todas las naciones son como nada delante de Él, menos que nada y vanidad son consideradas por Él. Hermanos, esto es una verdad consoladora y un llamado a la humildad. No debemos temer cuando el mundo se levanta contra la fe. No debemos asustarnos cuando los gobiernos establecen leyes que van en contra de la voluntad de Dios. Debemos recordar que Dios es el Rey de reyes y Señor de señores. Su trono es inamovible. Su plan es inalterable. Su voluntad siempre prevalecerá. En este sentido, debemos orar por los líderes de nuestras naciones, como nos instruye el apóstol Pablo en primera carta a Timoteo, capítulo dos, del versículo uno al cuatro, que dice: Exhorto, pues, ante todo que se hagan rogativas, oraciones, peticiones y acciones de gracias por todos los hombres; por los reyes y por todos los que están en eminencia, para que podamos vivir una vida tranquila y sosegada con toda piedad y dignidad. Esto es bueno y aceptable delante de Dios nuestro Salvador, el cual quiere que todos los hombres sean salvos y vengan al pleno conocimiento de la verdad. Oramos para que Dios, en Su soberanía, pueda usar incluso las voluntades rebeldes de los hombres para llevar a cabo Sus propósitos, y para que Su iglesia se mantenga firme, sabiendo que el control de la historia no está en las manos de los hombres, sino en las manos del Creador.

El segundo principio sobre el que vamos a orar es la realeza de Cristo, el Ungido de Dios. Después de la risa de Dios y Su advertencia a las naciones rebeldes, el Salmo 2 nos lleva al corazón del asunto: la instalación del Rey, el Ungido de Dios. El versículo seis declara: Pero Yo mismo he consagrado a Mi Rey sobre Sion, Mi santo monte. Este Ungido, este Rey, es el Mesías prometido, el Hijo de Dios. La cita de Dios en el versículo siete es crucial: Ciertamente anunciaré el decreto del Señor que me dijo: “Mi Hijo eres Tú, Yo te he engendrado hoy.” Este versículo se cita en Hechos de los Apóstoles, en el capítulo trece, versículo treinta y tres, para referirse a la resurrección de Jesucristo. Es la declaración pública de que Jesús es el Hijo de Dios, el Ungido, el Rey eterno que ha sido establecido sobre el trono de David para siempre.

Esto nos revela la deidad de Cristo. Él no es simplemente un profeta o un hombre bueno; Él es el Hijo de Dios, co-eterno con el Padre. La profecía del profeta Miqueas, en el capítulo cinco, versículo dos, ya señalaba Su nacimiento en Belén, y el profeta Isaías, en el capítulo nueve, versículo seis, le da los títulos que confirman su divinidad y soberanía: Porque un niño nos ha nacido, un hijo nos ha sido dado; y la soberanía reposará sobre sus hombros; y se llamará Su nombre Admirable Consejero, Dios Fuerte, Padre Eterno, Príncipe de Paz. La realeza de Cristo no es una realeza terrenal o política, sino una realeza celestial que tiene autoridad sobre todas las naciones de la tierra. A Él se le ha dado toda autoridad en el cielo y en la tierra, como Él mismo lo dijo en el evangelio de Mateo, capítulo veintiocho, versículo dieciocho.

El Padre ha prometido al Hijo las naciones como herencia y los confines de la tierra como posesión. Esto significa que la misión de la iglesia no es una quimera, no es una esperanza vana. La Gran Comisión de ir y hacer discípulos de todas las naciones es una orden basada en la promesa y el decreto de Dios. El salmo nos asegura que el Ungido quebrantará a las naciones que se oponen a Él. Su cetro de hierro no es una vara de opresión, sino de justicia, para juzgar a los malvados y establecer Su reino de rectitud. Por lo tanto, hermanos, nuestra oración debe ser que el evangelio de este Rey soberano sea predicado con poder y claridad a todos los rincones de la tierra. Oramos por los misioneros, por los pastores, por los evangelistas, y por la valentía de la iglesia local para proclamar que Jesucristo es Señor. Oramos para que los corazones de los hombres sean quebrantados por la verdad del evangelio y se vuelvan del pecado a Cristo, para que en lugar de ser quebrantados por la vara de hierro de Su juicio, sean restaurados por el poder de Su gracia. Como dice el apóstol Pablo en Filipenses, capítulo dos, versículos nueve al once, que por esta razón también Dios lo exaltó hasta lo sumo, y le otorgó el nombre que es sobre todo nombre; para que al nombre de Jesús se doble toda rodilla de los que están en el cielo, y en la tierra, y debajo de la tierra; y toda lengua confiese que Jesucristo es Señor, para gloria de Dios Padre.

Finalmente, vamos a reflexionar y orar sobre el llamado a la reverencia y a refugiarse en Cristo. El salmo, después de establecer la soberanía de Dios y la realeza de Cristo, se dirige directamente a los reyes y jueces de la tierra con una amonestación: Ahora pues, oh reyes, muestren discernimiento; reciban amonestación, oh jueces de la tierra. Adoren al Señor con reverencia, y alégrense con temblor. Honren al Hijo para que no se enoje y perezcan en el camino, pues puede inflamarse de repente Su ira. Este es un llamado urgente a la cordura, a la humildad y a la obediencia. Los reyes y gobernantes que se rebelaron son invitados a someterse. Ya no se trata de romper las cadenas de Dios, sino de adorar a Dios con reverencia y temblor.

La palabra reverencia aquí implica un temor santo, un profundo respeto por la majestuosidad de Dios. Y el llamado a honrar al Hijo no es una opción; es un imperativo para evitar la ira de Dios. La ira de Dios es una realidad bíblica, un atributo de Su santidad que debe ser tomado con la máxima seriedad. Esta ira se manifestará contra todo pecado, como nos enseña la carta a los Romanos, en el capítulo uno, versículo dieciocho, que dice: Porque la ira de Dios se revela desde el cielo contra toda impiedad e injusticia de los hombres que con su injusticia restringen la verdad. La única manera de escapar de la ira venidera es honrando al Hijo, es decir, sometiéndonos a Su señorío, confiando en Su obra redentora y rindiendo nuestras vidas a Su autoridad.

El salmo no termina con una nota de desesperación, sino con una promesa gloriosa y un refugio seguro. Termina con una bienaventuranza: ¡Cuán bienaventurados son todos los que en Él se refugian! La bendición no es para aquellos que tienen poder o riqueza, sino para aquellos que se esconden en la Roca, en el Ungido de Dios. Refugiarse en Él significa buscar protección en Su obra en la cruz, confiar en que Su sangre limpia todo pecado y que Su justicia nos es imputada. No hay otro lugar de refugio. El profeta Isaías, en el capítulo treinta y dos, versículo dos, dice que aquel varón será como un refugio contra el viento, como un resguardo contra la tempestad, como arroyos de agua en tierra seca, como la sombra de una gran roca en tierra reseca. Ese varón es Jesucristo. Él es nuestra Roca, nuestro amparo, nuestro refugio seguro en medio de la tormenta de la vida y de la ira de Dios que viene sobre el mundo. En la carta a los Hebreos, en el capítulo seis, versículo dieciocho, se nos recuerda que tenemos este refugio: en el cual tenemos un refugio seguro para aferrarnos a la esperanza puesta delante de nosotros.

Oremos, por lo tanto, para que nuestros corazones y los corazones de aquellos a quienes amamos se refugien en Cristo. Oramos para que dejemos de lado cualquier intento de justificación propia o de independencia de Dios, y corramos a los brazos del Salvador. Oramos para que Su iglesia se caracterice por la reverencia, el temor santo y una alegría que tiembla ante la santidad de Aquel que nos ha salvado. Que este salmo sea un recordatorio constante de que, aunque las naciones tramen planes vanos, el Rey de reyes está en Su trono, y que nuestra única esperanza y bienaventuranza se encuentran al refugiarnos en el Ungido del Señor.

Padre celestial, te damos gracias. Gracias por Tu soberanía inquebrantable que gobierna sobre todo. Gracias porque mientras el mundo se revuelve en su vana rebelión, Tú estás en control, y Tu plan se está cumpliendo. Te damos gracias por la gloriosa revelación de Tu Hijo, Jesucristo, el Ungido, nuestro Rey. Gracias por haberlo establecido sobre Su santo monte, y por haberle dado las naciones como herencia. Gracias porque no es solo el objeto de nuestro temor, sino el objeto de nuestra fe y nuestro refugio. Gracias, Padre, por el Espíritu Santo que nos da la capacidad de comprender estas verdades y de aplicarlas a nuestra vida. Que podamos vivir cada día con reverencia, con gratitud y con la certeza de que en Ti estamos seguros. A Ti sea toda la gloria, la honra y el poder, por los siglos de los siglos. Amén.

Williams Fernández

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