Salmo 4: Descubre el Secreto de la Confianza Inquebrantable en Dios

Amados hermanos en Cristo, y a todos aquellos que se han unido hoy a este tiempo para buscar juntos la Palabra de Dios y la oración. Es un privilegio inmerecido poder comenzar nuestro día, o quizás reflexionar en él, doblando nuestras rodillas y elevando nuestros corazones a nuestro Padre celestial. Es en estos momentos de quietud y reverencia que nuestra alma encuentra verdadero descanso, lejos del ajetreo del mundo, para enfocarse en la verdad eterna que nos ha sido dada. Damos gracias a Dios por este instante sagrado para meditar en Su Palabra y derramar nuestras peticiones a Él.

Hoy, reflexionaremos y oraremos sobre el Salmo 4, de la Nueva Biblia de las Américas, el cual nos presenta a David clamando a Dios en medio de la aflicción. Este salmo, a menudo llamado una oración vespertina de confianza en Dios, nos enseña profundas verdades que trascienden el tiempo y nos invitan a una fe firme y segura en el Señor. Dice así la Palabra de Dios:

Para el director del coro; para instrumentos de cuerda. Salmo de David. Cuando clamo, respóndeme, oh Dios de mi justicia. En la angustia me has aliviado; ten piedad de mí, escucha mi oración. Hijos de hombres, ¿hasta cuándo cambiarán mi honra en deshonra? ¿Hasta cuándo amarán la vanidad y buscarán la mentira? Sepan, pues, que el SEÑOR ha apartado al piadoso para sí; el SEÑOR oye cuando a Él clamo. Tiemblen, y no pequen; mediten en su corazón sobre su lecho, y callen. Ofrezcan sacrificios de justicia, y confíen en el SEÑOR. Muchos dicen: «¿Quién nos mostrará el bien?». ¡Alza, oh SEÑOR, sobre nosotros la luz de Tu rostro! Alegría pusiste en mi corazón, mayor que la de ellos cuando abundan su grano y su vino nuevo. En paz me acostaré y así también dormiré, porque solo Tú, SEÑOR, me haces vivir seguro.

Ahora, los invito a que reflexionemos y oremos por estos tres grandes principios bíblicos extraídos de este hermoso salmo. Primero, la confianza del creyente en la oración, a pesar de la angustia. Segundo, el llamado a la santidad y al arrepentimiento, tanto para nosotros como para el mundo. Y tercero, la paz y el gozo inquebrantables que se encuentran únicamente en Dios, por encima de todo lo que el mundo pueda ofrecer.

Vamos a reflexionar y orar por el primer principio: la inquebrantable confianza del creyente en la oración, aun en medio de la angustia. Este es un tema central en la vida de todo cristiano, ya que nuestro Padre nos ha dado el inmenso privilegio de acercarnos a Él en oración con la seguridad de que nos escucha y nos responde. David, un hombre conforme al corazón de Dios, nos enseña con su ejemplo. Desde el primer versículo, él clama a Dios, a quien llama “Dios de mi justicia”, y le recuerda que en el pasado ya lo ha “aliviado” en la angustia. Esta es la esencia de la oración del piadoso: no se trata de clamar a un dios desconocido, sino a un Padre que ya nos ha manifestado su poder y su fidelidad. Su clamor no es una súplica desesperada en la oscuridad, sino una intercesión arraigada en la historia de la redención personal de Dios en su vida. La fe de David no está basada en sentimientos, sino en el carácter inmutable de Dios.

Esta confianza está íntimamente ligada a la doctrina de la soberanía de Dios. Como creyentes reformados, sabemos que nada está fuera de Su control y que Sus planes no pueden ser frustrados. Dios es todopoderoso, Su omnipotencia se ve en Su poder de crear, en Su preservación de todas las cosas y en Su cuidado providencial por nosotros. Por lo tanto, nuestra confianza en la oración no es ingenua; es un reconocimiento de que estamos hablando con Aquel que es soberano sobre todas las cosas. John MacArthur nos enseña que la soberanía de Dios es alentadora, porque asegura que nada está fuera de Su control y que Sus planes no pueden ser frustrados, incluso nuestros sufrimientos y angustias. La oración del cristiano no es un intento de torcer la voluntad de Dios, sino un acto de humilde sumisión, en el cual reconocemos nuestra total dependencia de Él y buscamos que Su voluntad se cumpla en nuestra vida.

El Salmo 4, versículo 3, nos da aún más motivos para la seguridad en la oración. David dice: “Sepan, pues, que el SEÑOR ha apartado al piadoso para sí; el SEÑOR oye cuando a Él clamo”. Esta es una verdad central de la teología reformada. La elección de Dios, Su decisión libre y soberana de apartar a un pueblo para sí mismo, es la base de nuestra salvación y de la seguridad de que nuestras oraciones son escuchadas. El Salmo 34, versículo 15, nos dice: “Los ojos del SEÑOR están sobre los justos, y sus oídos atentos a su clamor”. Es la gracia de Dios, Su favor gratuito e inmerecido , lo que nos ha apartado para Él, no nuestras propias obras. John MacArthur, en su Teología Sistemática, explica que “Dios pone su amor y su afecto de elección sobre Israel” y, por extensión, sobre Su pueblo. Así que cuando oramos, no estamos clamando como extraños, sino como hijos amados. Romanos, capítulo 8, versículo 29 dice así: “Porque a los que de antemano conoció, también los predestinó para que fueran hechos conforme a la imagen de Su Hijo, para que Él sea el primogénito entre muchos hermanos”. Este pasaje nos asegura que desde antes de la fundación del mundo, Dios nos conoció de una manera íntima, relacional y electiva. Él no solo nos ve como justos por los méritos de Cristo, sino que nos ha apartado para ser Sus hijos y coherederos con el Señor Jesús. Por lo tanto, hermanos, podemos clamar a nuestro Padre en medio de la aflicción con la plena seguridad de que Él no solo nos oye, sino que nos escucha como el Padre que ama a Sus hijos. Oremos por esta fe segura en la soberanía y la fidelidad de Dios.

Vamos a reflexionar y orar por el segundo principio: el llamado a la santidad y el arrepentimiento. David no solo habla con Dios, sino que también confronta a los “hijos de hombres” que “aman la vanidad y buscan la mentira”. Esta es la condición del hombre caído, cuya mente está cegada por el dios de este siglo y su corazón es engañoso y perverso. En lugar de buscar la gloria de Dios, persiguen los placeres pasajeros de este mundo. Pero David les hace un llamado directo a la obediencia, les dice: “Tiemblen, y no pequen; mediten en su corazón sobre su lecho, y callen. Ofrezcan sacrificios de justicia, y confíen en el SEÑOR”. Este llamado es tanto para el incrédulo como para el creyente. Para el incrédulo, es una invitación a temer a Dios, a reconocer Su santidad y a apartarse del pecado. Para el creyente, es un recordatorio constante de que, aunque la justificación es un acto de una vez por todas, la santificación es un proceso de toda la vida.

La santidad no es una opción para el cristiano, sino un mandato divino. El apóstol Pedro nos exhorta, en su primera carta, capítulo 1, versículo 15, a vivir en santidad, porque el que nos llamó es santo. Este llamado a la santidad tiene dos aspectos: ser apartados “del” pecado y apartados “hacia” Dios. Es una obra del Espíritu Santo en la vida de los creyentes para conformarlos a la imagen de Cristo. Sin embargo, el movimiento carismático moderno a menudo tuerce esta verdad, elevando la experiencia por encima de la Palabra de Dios. En su búsqueda de éxtasis y manifestaciones emocionales, promueven un evangelio de salud y riquezas que apela a los deseos carnales del hombre, no a la santidad práctica. En su libro “Fuego Extraño”, John MacArthur critica a este movimiento, al afirmar que el Espíritu Santo no causa que su pueblo ladre como perros o ría como hienas, sino que produce un fruto de amor, gozo, paz, paciencia y mansedumbre, como se menciona en Gálatas 5, versículo 22 al 23. Por el contrario, en Corintios, primera carta, capítulo 14, versículo 33, el apóstol Pablo nos dice que “Dios no es Dios de confusión, sino de paz”.

La sana doctrina es el antídoto contra el error, y es el Espíritu Santo el que la ilumina en nuestros corazones. En la primera carta a Timoteo, capítulo 4, versículo 1 al 2, se nos advierte que en los últimos tiempos algunos “apostatarán de la fe, escuchando a espíritus engañadores y a doctrinas de demonios”. El Espíritu Santo nos ha dado Su Palabra para que podamos discernir entre la verdad y el error. Debemos ser como los bereanos de Hechos 17, versículo 11, quienes recibieron la Palabra “con toda solicitud, escudriñando cada día las Escrituras para ver si estas cosas eran así”. El llamado a la santidad es un llamado a la obediencia, y la obediencia es el fruto de un corazón que ha sido regenerado por la Palabra de Dios. Como nos dice el Salmo 119, versículo 11: “En mi corazón he guardado Tus dichos, para no pecar contra Ti”. Oremos por un corazón que anhela la santidad y que odia el pecado, un corazón que se regocija en obedecer la Palabra de Dios.

Vamos a reflexionar y orar por el tercer y último principio: la paz y el gozo inquebrantables que se encuentran en Dios solamente, por encima de todo lo que el mundo pueda ofrecer. En el Salmo 4, versículo 6, David nos muestra la mentalidad del mundo al decir: “Muchos dicen: «¿Quién nos mostrará el bien?»”. El mundo siempre busca la felicidad y la satisfacción en las cosas de este mundo: el dinero, el éxito, las relaciones, los placeres. Y en los versículos 7 y 8, David nos da la respuesta del creyente. Él dice: “Alegría pusiste en mi corazón, mayor que la de ellos cuando abundan su grano y su vino nuevo. En paz me acostaré y así también dormiré, porque solo Tú, SEÑOR, me haces vivir seguro”. La felicidad del creyente no depende de las circunstancias externas, sino de la presencia de Dios en su vida. Mientras que el mundo encuentra gozo en la prosperidad material, el creyente encuentra gozo en la luz del rostro de Dios. Esta es la paz inquebrantable que el mundo no puede dar ni quitar.

Esta paz está cimentada en la doctrina de la justificación por la fe solamente, como enseñaron los reformadores. El hombre no puede ganarse la salvación con obras, ni con rituales, ni con sus méritos. Por el contrario, la justificación es un don gratuito de Dios. Romanos, capítulo 3, versículo 28, dice así: “Concluimos, pues, que el hombre es justificado por fe sin las obras de la ley”. El publicano de Lucas 18 fue justificado, no por sus buenas obras, sino por su fe y arrepentimiento. Esta paz con Dios nos da una esperanza que nos permite dormir en paz, aun en medio de las tribulaciones de este mundo. Como dice el apóstol Pablo en Romanos, capítulo 5, versículo 1: “Justificados, pues, por la fe, tenemos paz para con Dios por medio de nuestro Señor Jesucristo”. Esta paz va de la mano con el gozo que el mundo no conoce, un gozo que se produce incluso en medio del sufrimiento. Es el Espíritu Santo el que produce este gozo en nuestros corazones y nos da la seguridad de que nuestra salvación es eterna y que nada podrá separarnos del amor de Dios.

Oremos por este gozo y esta paz que sobrepasan todo entendimiento, una paz que nos permite descansar en la seguridad de que Dios tiene el control y que Él está obrando todas las cosas para nuestro bien.

Padre nuestro, te damos gracias por el inmenso privilegio de la oración. Te glorificamos porque eres un Dios que oye y responde a Sus hijos. Te alabamos porque Tu soberanía es nuestro mayor consuelo en medio de las pruebas de la vida, y en Tu fidelidad encontramos la roca donde se asienta nuestra fe. Te pedimos que nos limpies de todo pecado, que nos ayudes a aborrecer el mal y a buscar la santidad. Que nuestro corazón no ame la vanidad ni la mentira de este mundo, sino que se deleite en Tu Palabra y en Tu voluntad. Te rogamos que nos des el gozo y la paz que sobrepasan todo entendimiento, una paz que nos permita descansar en Ti, sabiendo que Tú eres nuestro defensor y nuestro escudo. Te suplicamos que Tu Espíritu Santo nos santifique día a día, y que produzca en nosotros el fruto de justicia que tanto anhelas. Que nuestra vida sea un reflejo de Tu gloria y de Tu poder, y que Tu amor por nosotros nos motive a amar a otros, para que Tu nombre sea exaltado. Amén.

Williams Fernández

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